Angel

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Era de carácter afable, atento, educado y con una sonrisa que parecía eterna. Como era argentino, la gente solía contarle sus problemas de forma natural, él escuchaba, y siempre tenía un consejo adecuado para brindar. Todos hablaban bien de él y comentaban de forma positiva, su manera delicada de ser y de vestir, su aspecto físico acompañaba a todo este conjunto, ya que poseía un rostro casi angelical y su voz era grave pero tendiendo a la suavidad.

Nadie podría imaginarse que este ser maravilloso, podía ser totalmente lo opuesto una vez que traspasaba la puerta de su casa. Su departamento era frío y poco acogedor, con pocos muebles y casi sin ningún otro color más que el blanco, se podría describir como aséptico, pero para él, era el sitio más acogedor del mundo. Llegaba a su casa, se quitaba los zapatos, dejaba colgada las llaves en un llavero colgador que estaba en la entrada, se dirigía a la cocina, encendía uno de los fuegos y calentaba agua para el té. Se sentaba en el sofá y mientras disfrutaba del calor de un buen té inglés, insultaba mentalmente a todos esos farsantes (así los llamaba él), que habían osado hablarle durante el día.

A pesar de su aspecto bondadoso, odiaba a la humanidad en su totalidad, odiaba a las señoras, que lo saludaban con la cabeza y una sonrisa, cuando se cruzaban con el en la acera, a las abuelas, que iban con sus carros al supermercado, ocupando, según él, más lugar de lo necesario, a los abuelos y sus bastones, que, siempre decía, usaban como extensión del brazo y dependiendo del viejo que lo blandiera, podía convertirse en un arma peligrosa, a los niños y sus voces estridentes, a los jóvenes con sus patinetes y su vestimenta desaliñada, siempre pendientes del móvil, pero sobre todo, odiaba a las madres, odiaba esa impunidad con la que van por la vida, como si el solo hecho de ser madres les diera algún tipo de preferencia sobre los demás mortales.

<<La culpa la tenemos nosotros>> pensaba, con el entrecejo fruncido, <<nosotros les hemos dado ese poder, con eso de, “Las damas primero”, ellas ahora creen que pueden pasar antes que todos nosotros, ¡y más si son madres! Por ejemplo si van en coche, en el semáforo, salen ellas primero ¡Aún antes de que cambie totalmente de color! Pensando que, por supuesto, todos van a frenar por el solo hecho de que es una mujer al volante>>; De este estilo solían ser sus pensamientos.

Pero, cuando salía de su casa, su rostro cambiaba y miraba a todos con bondad, ayudaba a las abuelas a cruzar la calle, saludaba con una sonrisa a las dependientes que hablaban animadamente en la puerta de las tiendas y daba propina a los mendigos antes de entrar en la iglesia del pueblo, porque sí, se podría decir, que era extremadamente religioso y no pasaba un domingo sin ir a misa.

En la iglesia, saludaba a todos con amabilidad, hablaba animadamente con algún caballero o alguna dama y después de arrancarles a todos una sonrisa, se dirigía al confesionario.

-Perdóneme Padre porque he pecado-.

-Dime hijo, ¿cuáles han sido tus pecados?

– He tratado a todos de forma cordial y afable, he saludado a mis vecinos con el mayor de los respetos y lo más grave de todo, es que he donado una gran cantidad de dinero a un centro de acogida a jóvenes inmigrantes-.

El cura escuchaba atentamente y contestaba lo de siempre, -Sigues teniendo esos malos pensamientos ¿Verdad hijo?-.

Autor: pensamientomodificado

Planteo respuestas, para generar nuevas preguntas.

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