Angel II


—Vamos por este — dijo, y comenzó a subir con entusiasmo sin esperar a que le contestara.

Ana cogió el camino más difícil, << ¿Por qué elige el camino de arriba, si se puede llegar al mismo lugar, pero por el camino de abajo, donde la subida es más suave y paulatina?>> me pregunté, mientras la observaba subir sin esfuerzo. Era una mujer hermosa, tenía un cuerpo atlético, una vitalidad que solo puede dar la juventud. Subí detrás de ella, riéndome de sus ocurrencias, su voz era como el canto de los pájaros, agudo, pero que no te desagrada escuchar.

—Recuerdo una vez cuando era niña, y me preparaba para tomar la Primera Comunión, le pedí a mi madre que me llevará a una pradera con el pasto verde y las flores amarillas, para que me sacara unas fotos con mi vestido blanco, este lugar lo había visto en una famosa serie de televisión, aunque ha pasado mucho tiempo— dijo pensativa —, recuerdo como se reía mi madre al escuchar esto, ya que nosotros vivíamos en un lugar agreste, donde, si te adentrabas en el monte, volvías con los calcetines llenos de espinas y abrojos, las espinas eran de una flor seca con el nombre de Amor Seco, ¡Que nombre más adecuado para esa planta del demonio!—.

Su voz me animaba a seguir avanzando. Es verdad que, a pesar del esfuerzo, iba disfrutando del paseo, el lugar era tan solitario, tan apartado, que sentí como si el tiempo su hubiese detenido, no importaba más que Ana, el aire fresco y yo.

—Mira, una araña tejiendo su tela— dijo Ana súbitamente

—No te acerques mucho Ana— dije yo.

Me daban miedo las arañas, es verdad que hubo un tiempo en que me gustaba observarlas, pero eso había sido cuando era un niño, antes de saber que la hembra se comía al macho, eso fue algo que no pude asimilar. Pero había algo más, algo siniestro que venía de más atrás, de un lugar profundo de mi mente, y era la imagen de mi madre, sentada en su sillón verde, con sus piernas en alto, al descubierto, blancas, blandas, llenas de pequeñas arañas rojas provocadas por las várices, ella las frotaba con alcohol, con su voz ronca por el cigarrillo, me decía, <<Ven hijo, ayuda a tu madre a quitarse el dolor>>, sacudí la cabeza para alejar ese recuerdo.

Ana se acercó a la araña sin hacerme caso, —¡Hombres!, sois muy valientes para unas cosas y tan niños para otras— dijo, y se dio la vuelta para mirarme, puso sus brazos en la cintura, se inclinó un poco hacia adelante y sonrió, con ese hoyuelo que se le hacía en la mejilla derecha y que me había cautivado tanto la primera vez que la vi. Sentí que la amaba, que estaba enamorado de ella, supe que era especial. Un calor me recorrió el cuerpo, era como un sentimiento de felicidad que nunca había experimentado antes.

Llegamos a un lugar donde el terreno era más llano, me alegré de poder caminar a su mismo ritmo, ya que, durante toda la subida, ella había ido unos cuantos pasos delante de mí. El lugar nos dejó sin palabras, los dos nos quedamos en silencio, contemplando el bosque que nos rodeaba.

—Es maravilloso, los árboles así dispuestos, parece una película, la luz iluminando las gotas de humedad en las plantas, parece como si todo brillara, casi puedo escuchar a David Bowie cantando “As the world falls down”, esto es hermoso—, dijo Ana como en éxtasis.

Yo también estaba igual, pero por algo totalmente diferente, el lugar en mi mente se presentaba oscuro, los árboles se movían haciendo un ruido de madera quebrándose, las hojas se estremecían por el viento, la vi ahí sentada, con el pelo rubio cayendo sobre su cara, la cabeza inclinada hacia un lado, las manos atadas, sus piernas dobladas en una postura antinatural, estaba muerta, y su imagen, su recuerdo, me llenó de energía ¿Cuánto tiempo había pasado, 3 años?.

Dicen que para que algo suceda, deben juntarse varios factores, un recuerdo, un sonido, una voluntad, todos nos aliamos para que las cosas pasen, hasta las víctimas parecen estar de acuerdo.

La voz de Ana me volvió a la realidad, el sol aún brillaba, el momento seguía siendo hermoso.

—Volvamos, se está haciendo tarde y no quiero que la noche nos sorprenda dentro del bosque— dijo ella temblando, sus ojos mostraban preocupación.

—Lo sé— dije

Ana me miró, pero en su rostro, no había signo alguno de esa sonrisa con el hoyuelo que me había enamorado esa misma mañana, cuando la conocí en el café del pueblo.

Autor: pensamientomodificado

Planteo respuestas, para generar nuevas preguntas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s