Y mientras tanto, lejos de Catalunya..

Se arrodilló a poner cera, en el suelo de madera del piso superior, era muy temprano por la mañana, pero la luz del amanecer ya empezaba a filtrarse por los enormes ventanales. Puso más cera en el trapo y miró sus manos, estaban agrietadas, manos que eran testigos y victimas de años de trabajos domésticos.

Escuchó la puerta, desde donde estaba, podía oír muy bien cualquier ruido que se pudiera producir en la nave, la acústica era perfecta, se quedó muy quieta, atenta al movimiento ahí abajo, escuchó unos pasos firmes pero pausados, estos, según pudo calcular, se detuvieron en la tercera o cuarta fila contando desde atrás, siguió atenta hasta que supo que la persona que había entrado, se había sentado y no suponía ningún peligro, para la gran cantidad de objetos de valor dentro de la iglesia.

Era necesario estar vigilante a esas horas, porque no sería la primera vez, que las intensiones del “feligrés” no fuesen precisamente religiosas.

<<Todo tranquilo>>, pensó mientras cogía el trapo con cera y volvía a concentrarse en la dura tarea de sacar brillo a la madera.

Una voz masculina, armoniosa y dulce, la sacó de su pensamiento doméstico, la voz, que entonaba un canto religioso, se elevó hasta el techo de la iglesia, era tan delicada, pero a la vez con un tono grave de las cuerdas vocales masculinas, que se vio obligada a dejar lo que estaba haciendo para quedarse arrodillada como estaba, pero escuchando no solo con los oídos, escuchaba con el alma.

Cerró los ojos y se dejó llevar por esa voz celestial, un calor subió hasta sus mejillas, se sintió rejuvenecer, su cuerpo se llenó de vida, casi podía verse a sí misma bajando las escaleras, caminar hacia él, seguramente, el dueño de esa voz la miraría, ella, se quedaría de pie, con las manos entrelazadas a la altura de la barbilla, como rezando, él, se levantaría sin dejar de mirarla a los ojos, abrazaría sus manos con las suyas, ella sentiría su santidad, su pureza. Saldrían de la iglesia juntos, de la mano, como dos adolescentes enamorados, el sol brillante les iluminaría el rostro, el mundo sería diferente, más amble, más cálido.

Pero el canto cesó y ella despertó de esa especie de ensoñación en la que había caído, tenía que asomarse y ver de quién era esa voz que le había robado el alma, una voz así, solo podía pertenecer a un ser hermoso y frágil, un ser maravilloso y santo. Se frotó las rodillas doloridas y se acercó hasta la barandilla del primer piso donde estaba, miró hacia los bancos, lo vio sentado, con la cabeza gacha, apoyada en las manos…

–¡Pero si es Beni, el borracho del pueblo! – dijo en voz baja, pero en su interior sonó como un grito.

Haciendo un chasquido con la boca, se dio la vuelta y se arrodilló para seguir limpiando, pensando que ese número de lotería, es verdad que nunca toca, por mucho que apostemos.

Cartas

Amor,

Me odiarías si supieras realmente como soy, me alegro cuando veo que el reloj marca unos minutos más temprano la caida del sol, los días grises, fríos y sin lluvia me conmueven. Aunque soy extremadamente sociable, tengo tendencia a necesitar que me dejen tranquilo, odio las palabras bonitas cuando se dicen en abundancia, demuestro preocupación por los sentimientos ajenos, pero desvío la atención con solo ver volar la pelusa de un gato, mis abrazos son cálidos pero no duran lo suficiente como para consolar a nadie, al aceptar que la muerte es un estado natural, no empatizo con la pérdida de los demás, soy, en difinitiva como un peluche, te gusta mi presencia suave y amistosa, pero seguro que no me echarás de menos, cuando me desgaste por el paso del tiempo, aun así, te quiero.

Sin sentido II

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La tierra sigue su curso, hagamos lo que hagamos nosotros, no somos una pieza fundamental, reconocerlo nos mataría, ese es el problema, no está en nuestra naturaleza pensar que somos prescindibles, que es mas fácil desaparecer que aparecer en una versión mejorada, somos menos de un segundo en este tiempo universal, incluso, para alguna otra civilización, nosotros ya hemos muerto, nos hemos extinguido, ya no somos, fuimos.

Sin sentido I

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Lo conocí en su día “Bueno”, como llamaba él a esos días en los que nadie se le cruzaba en su camino, siempre venía a trabajar andando desde su casa, con las manos atrás,  con ese andar de persona mayor, pausada y sin prisas,   <<Hay que adecuarse a la época que estás viviendo>>, me dijo, mientras se arreglaba el cabello abundante pero cano, propio de su edad <<¿A los tiempos modernos?>>,  pregunté yo sin saber de qué estaba hablando, <<No, jovencito, me refiero que siempre tienes que ser coherente con tu edad>>. Era eso que yo llamaba “Pesimista por naturaleza”.

Una vez me dijo que llegó a pensar que su gato, no era otra cosa que una pulga gigante, un simple parásito, no veía en él más que una bola de pelo demandante de comida.

Su pesimismo llegaba al punto de obligarse a salir cada día con paraguas, si llovía, bien, pero si hacía sol (cosa más probable en ese clima mediterráneo), lo usaba a modo de bastón, logrando adquirir, en las pocas ocasiones que dejaba su paraguas apoyado en algún recibidor, una falta de equilibrio que no correspondía con ninguna dolencia aparentemente.

En su mesa de luz, un librito sobre el más allá, reposaba abierto (boca abajo) en la página 29, hacía tiempo que había renunciado a los marcadores de libro, que, según él, se encontraban siempre en ese lugar de la casa, menos a mano cuando uno los necesitaba. El librito hablaba de esos temas, de obligado conocimiento, para las personas que tienen un sentido de su propia mortalidad. La única vez que me invitó a su casa, me mostró todas las habitaciones, al dirigir yo mi mirada al libro, dijo << Para esas cosas que son inevitables, es mejor estar preparado>>.

Yo, en ese tiempo, pensaba  en el lado amable de las cosas, la gente era para mí, buena, hasta que se demostrara lo contrario, él me miraba sonriendo y decía:  << Vamos Juan, eso de salir corriendo bajo la lluvia, con los brazos abiertos, riendo  y maravillándose por ese olor a limpio, que nos regala la naturaleza, no tiene ningún sentido sin dinero>>, y mirándome como a un niño, al que le habían dicho que Los Reyes Magos son los padres, destrozaba en pequeños pedacitos el cupón de lotería que compraba sabiendo que jamás le iba a tocar.

Le pregunté si siempre había estado solo, me contestó con sarcasmo <<No creerás que nací de un pentagrama dibujado en el suelo, obvio que he tenido padre y madre, por lo tanto, no siempre he estado solo>>.  No me dio pie a preguntar si había tenido esposa o novia o algo similar.

Era una buena persona, lo sé, incluso cuando, mucho tiempo después de muerto, conocí a uno de sus hijos,  que entre reproche y reproche me puso en conocimiento de su pasado de mal padre.  Lo recordé diciéndome:  <<Nunca seas algo por defecto, las flores no siempre tiene que oler bien, solo por serlo>>.

 

Partida

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Era habitual para él verla marchar, sintió como un ruido en su corazón, un dolor, su partida tenía, esta vez, algo de definitivo que lo hizo sufrir, se pasó el puño de la manga de su chaqueta por la nariz, se sintió de pronto como un niño pequeño al que le explican que su mascota ahora está en el cielo.

Caminando Juntos, se acostumbró a ver siempre su espalda, ella era tan orgullosa, tan segura, que su presencia atropellaba el mundo.

Arrojó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el pie, por desgracia, él nunca llegó a preguntarse eso de  <<¿Qué ha visto ella en mí?>>,  ya que lo sabía, su dinero la conmovía. Le pidió, como era su costumbre, algo prestado, <<Te lo devolveré>> le dijo, él supo que no (si hace falta aclarar que se hará algo, es porque no se hará), en castigo, ella lo borró de su lista de contactos en las redes sociales, como si él pensara reclamar, su dinero y su dignidad, a través de este medio.

La vio alejarse, sintió que si estiraba el brazo, podía tocarla, detenerla, impedir que se fuera, aun sabiendo lo maravillosa que iba a ser su vida sin ella.

Angel II

 

—Vamos por este — dijo, y comenzó a subir con entusiasmo sin esperar a que le contestara.

Ana cogió el camino más difícil, << ¿Por qué elige el camino de arriba, si se puede llegar al mismo lugar, pero por el camino de abajo, donde la subida es más suave y paulatina?>> me pregunté, mientras la observaba subir sin esfuerzo. Era una mujer hermosa, tenía un cuerpo atlético, una vitalidad que solo puede dar la juventud. Subí detrás de ella, riéndome de sus ocurrencias, su voz era como el canto de los pájaros, agudo, pero que no te desagrada escuchar.

—Recuerdo una vez cuando era niña, y me preparaba para tomar la Primera Comunión, le pedí a mi madre que me llevará a una pradera con el pasto verde y las flores amarillas, para que me sacara unas fotos con mi vestido blanco, este lugar lo había visto en una famosa serie de televisión, aunque ha pasado mucho tiempo— dijo pensativa —, recuerdo como se reía mi madre al escuchar esto, ya que nosotros vivíamos en un lugar agreste, donde, si te adentrabas en el monte, volvías con los calcetines llenos de espinas y abrojos, las espinas eran de una flor seca con el nombre de Amor Seco, ¡Que nombre más adecuado para esa planta del demonio!—.

Su voz me animaba a seguir avanzando. Es verdad que, a pesar del esfuerzo, iba disfrutando del paseo, el lugar era tan solitario, tan apartado, que sentí como si el tiempo su hubiese detenido, no importaba más que Ana, el aire fresco y yo.

—Mira, una araña tejiendo su tela— dijo Ana súbitamente

—No te acerques mucho Ana— dije yo.

Me daban miedo las arañas, es verdad que hubo un tiempo en que me gustaba observarlas, pero eso había sido cuando era un niño, antes de saber que la hembra se comía al macho, eso fue algo que no pude asimilar. Pero había algo más, algo siniestro que venía de más atrás, de un lugar profundo de mi mente, y era la imagen de mi madre, sentada en su sillón verde, con sus piernas en alto, al descubierto, blancas, blandas, llenas de pequeñas arañas rojas provocadas por las várices, ella las frotaba con alcohol, con su voz ronca por el cigarrillo, me decía, <<Ven hijo, ayuda a tu madre a quitarse el dolor>>, sacudí la cabeza para alejar ese recuerdo.

Ana se acercó a la araña sin hacerme caso, —¡Hombres!, sois muy valientes para unas cosas y tan niños para otras— dijo, y se dio la vuelta para mirarme, puso sus brazos en la cintura, se inclinó un poco hacia adelante y sonrió, con ese hoyuelo que se le hacía en la mejilla derecha y que me había cautivado tanto la primera vez que la vi. Sentí que la amaba, que estaba enamorado de ella, supe que era especial. Un calor me recorrió el cuerpo, era como un sentimiento de felicidad que nunca había experimentado antes.

Llegamos a un lugar donde el terreno era más llano, me alegré de poder caminar a su mismo ritmo, ya que, durante toda la subida, ella había ido unos cuantos pasos delante de mí. El lugar nos dejó sin palabras, los dos nos quedamos en silencio, contemplando el bosque que nos rodeaba.

—Es maravilloso, los árboles así dispuestos, parece una película, la luz iluminando las gotas de humedad en las plantas, parece como si todo brillara, casi puedo escuchar a David Bowie cantando “As the world falls down”, esto es hermoso—, dijo Ana como en éxtasis.

Yo también estaba igual, pero por algo totalmente diferente, el lugar en mi mente se presentaba oscuro, los árboles se movían haciendo un ruido de madera quebrándose, las hojas se estremecían por el viento, la vi ahí sentada, con el pelo rubio cayendo sobre su cara, la cabeza inclinada hacia un lado, las manos atadas, sus piernas dobladas en una postura antinatural, estaba muerta, y su imagen, su recuerdo, me llenó de energía ¿Cuánto tiempo había pasado, 3 años?.

Dicen que para que algo suceda, deben juntarse varios factores, un recuerdo, un sonido, una voluntad, todos nos aliamos para que las cosas pasen, hasta las víctimas parecen estar de acuerdo.

La voz de Ana me volvió a la realidad, el sol aún brillaba, el momento seguía siendo hermoso.

—Volvamos, se está haciendo tarde y no quiero que la noche nos sorprenda dentro del bosque— dijo ella temblando, sus ojos mostraban preocupación.

—Lo sé— dije

Ana me miró, pero en su rostro, no había signo alguno de esa sonrisa con el hoyuelo que me había enamorado esa misma mañana, cuando la conocí en el café del pueblo.