Estar solo II

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Hubo un tiempo en que creí que podía cambiar las cosas y por eso me pinté el símbolo de la paz en la cara y levanté el puño y grité fuerte cuando, de la mano de mi madre, corríamos hacia cualquier manifestación en contra de la guerra que hubiera en la ciudad. Me abrazaba fuerte a mis rodillas debajo de algún pupitre de la escuela cuando escuchaba sonar las sirenas y sentía, aún a esa corta edad, un compromiso con mi país y con los soldados que iban a luchar en el frente, ahora miro en las noticias morir gente en guerras lejanas, mientras como algún plato de pasta, sin sentir ninguna empatía, como si pasara en otro planeta, bajo los ojos y sigo comiendo, pensando en que nada que pueda hacer yo, va a cambiar las cosas.

Hubo un tiempo en que creí en el ángel de la guarda y entrelazaba los dedos por las noches, antes de dormir, pidiendo que mi situación cambiara y cuando no fue así, levanté el indice hacia el cielo y grite y maldije a todo y a todos. Dejé de rezar, dejé de pensar en que mañana sería un día mejor y entonces lo vi partir con sus alas plegadas, la cabeza inclinada y pude sentir su desilusión aunque se marchó sin mirar atrás.

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Vejez I (Sin editar)

 

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Leyendo uno de mis libros favoritos, llamó mi atención un pasaje de Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, “Al llegar a los ochenta, que en aquel país se consideran el extremo de la vida, no sólo adquieren todas las rarezas y los achaques de los viejos, sino muchos otros, debidos a la terrible conciencia de que no van a morir nunca. No sólo se vuelven obstinados, extravagantes, sórdidos, melancólicos, frívolos y parlanchines, sino también incapaces de abrigar el menor sentimiento de amistad, insensibles a todo afecto natural, que nunca se extiende más allá de los hijos de los hijos. Entre sus pasiones destacan la envidia y el deseo impotente, pero lo que parece despertar su envidia son los vicios de los jóvenes y la muerte de los viejos. Porque cuando piensan en los primeros, se sienten privados de la posibilidad del placer, y cada vez que ven un entierro, se lamentan y se afligen porque otros han llegado a un puerto de descanso al que ellos jamás podrán arribar… Todos les odian y desprecian… Las mujeres son aún más horribles que los hombres. Además de las deformidades comunes de la decrepitud, tienen un aspecto mucho más espectral…Cualquier descripción sería insuficiente.”. Leer más “Vejez I (Sin editar)”

Estar solo

estar solo

Es nuestro deber ir a visitarle, esa era la razón que daba mi madre al hecho de tener que ir a verle un fin de semana al mes, nos sentábamos a tomar un café, era en el único lugar donde mi madre permitía que yo tomara café, ya que por alguna razón era una bebida prohibida para niños de mi edad, creo que lo permitía porque era más fácil que explicarle a mi tío (que nunca había tenido hijos) el por qué de esa prohibición.

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